El mundo de Albion

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Los Guardianes de Albion

Desde que se empezó a constatar la historia de Albion, las tribus siempre han estado ahí. Con el paso de los años han ido creciendo, reduciéndose, y creciendo de nuevo. Cientos de escaramuzas se han combatido y olvidado. Lo que separaba a los grupos humanos de Albion de las demás formas de vida era su habilidad para escuchar y comprender.

Aunque las tribus no tenían tanto poder como las bestias que los rodeaban, aprendieron a potenciar su brutalidad gracias a los lobos, los ojos y las águilas. Incluso el más pequeño de los animales tenía algo que decir, siempre y cuando el observador tuviese paciencia. Con el tiempo, las tribus aprendieron a fabricar objetos, como garras tan afiladas como las de los animales salvajes infundidas con magia de la tierra.

Si los guerreros observaban a los depredadores, otros decidieron tomar una visión más amplia y escuchar los murmullos de los arroyos, el susurro de las hojas y el rugir del viento en las cimas de las montañas. Así, se convirtieron en los primeros druidas, en sintonía con los latidos de la tierra.

La vida, sin embargo, no era sencilla, pues en Albion también moraban dragones, criaturas que trataban Albion como su patio del recreo. Los humanos eran comida o meros juguetes que torturar. De hecho, los dragones se creían por encima de todas las demás forma de vida y, con sus colmillos y fuego, atemorizaban a todo Albion.

Entonces, un día, un gigante reparó en un hombre que escuchaba a la montaña. El hombre habló, la montaña respondió y el gigante detectó una oportunidad. Hasta ese momento, los gigantes no pensaban en los humanos como en otra cosa que no fuese comida y solo se acordaban de ellos cuando les rugía el estómago. Pero si se fijaban más, estas versiones diminutas de ellos mismos ¡eran capaces de hablar! Menuda sorpresa se llevaron los gigantes, que pensaban que los ruidos emitidos por los humanos no eran más que chillidos sin sentido.

Poco después, se celebró la primera reunión entre las tribus y los gigantes. Ambos bandos pensaban que los dragones acabarían convirtiendo todo en ceniza y que solamente si permanecían juntos podían salvar a Albion y a ellos mismos. Llegaron a un acuerdo. Si las tribus respetaban la tierra y colaboraban con los gigantes, estos dejarían de comerse a la tribu.

Una guerra de varios años de duración tuvo lugar más adelante. Los gigantes y los humanos unieron sus fuerzas con las grandes bestias de la tierra, lucharon con su superioridad numérica y ferocidad contra la mágica fuerza de los dragones. Fue necesario el sacrificio del más antiguo de los gigantes para que el curso de la batalla se pusiese a su favor. Muchos miles de guerreros de la tribu perecieron, así como un número incontable de animales. Casi desapareció una generación entera de gigantes. El precio fue tan alto que cuando la guerra acabó no se celebró nada.

En parte porque la amenaza solamente quedó contenida, no fue destruida, pues los dragones eran inmortales y no había poder en Albion capaz de acabar con ellos. Los druidas se reunieron para realizar un ritual que obligase a los dragones a entrar en un profundo letargo.

Se dice que cada montaña de Albion alberga a un dragón, aunque eso no es cierto del todo. Algunos están recluidos bajo tierra, otros, bajo lagos imponentes. Las ubicaciones se mantienen en secreto. Solo los druidas más experimentados las conocen. A veces, los dragones se revuelven en sueños y un lago empieza a expulsa humo o una montaña escupe lava, pero entonces siempre van los druidas a reforzar la magia para que los dragones caigan en las redes del sueño de nuevo.

Desde entonces, las tribus y los gigantes se empezaron a conocer como los Guardianes de Albion, tanto por su papel como carceleros de los dragones, como por un deber mayor para proteger la tierra de otras amenazas.

En el día a día, sin embargo, sus vidas eran normales. A veces un gigante se comía a una persona. A veces las tribus discutían entre ellas, pero durante unos doscientos años, Albion disfrutaba de una relativa calma.

De repente, un druida se le empezaron a ocurrir cosas. Se llamaba Merlín y era muy popular entre los jóvenes y los más influenciables, pues hablaba sobre unir a las tribus y cambiar las cosas, crear leyes nuevas, labrar la tierra de manera diferente. Decía que llegaría un momento en el que los dragones despertarían de nuevo y que, llegado el momento, deberían estar listos. A los ancianos de la tribu no les gustaba su radicalismo, y tras muchas discusiones, se decidió que lo mejor era que Merlín se fuese. Y eso hizo, mas muchos le siguieron.

Más años de paz continuaron. De vez en cuando, las tribus oían algo sobre cosas raras que hacía Merlín. Sobre sus casas de piedra de calidad y sus hombres metálicos. Los ancianos no aprobaban que Merlín buscara tesoros en la tierra y le exigieron que se detuviera. Pero Merlín les ignoró. Las tensiones aumentaron, pero nunca llegaron a más. Con el tiempo, los Guardianes abandonaron, pues no querían tener nada que ver con las majaderías de Merlín.

Mas el tiempo le dio la razón a Merlín: el gran dragón rojo, Dauthir, se alzó y, con sus rugidos, despertó a otros dragones cercanos de su letargo. En lugar de hacer que los dragones durmiesen de nuevo, como habían hecho los Guardianes, Merlín pensó en usar sus nuevas armas para acabar con ellos. Una gran batalla comenzó y el cielo se tornó negro. Los Guardianes la observaron desde la distancia, temiendo lo peor.

Tres días pasaron hasta que la luz volvió de nuevo a Albion. El dragón había muerto, pero nadie lo celebró. Los problemas no habían hecho más que comenzar.

Cuando el gran imperio de Merlín luchó entre sí, los ancianos de la tribu intercambiaron miradas complacientes y esperaron a que la batalla se decidiese sola. Sin embargo, Merlín les engañó para que pensasen que los ejércitos de Morgana eran una gran amenaza para todo Albion. Mas los Guardianes no sabían que fue precisamente su llegada al campo de batalla lo que asustó a Morgana y afianzó su relación con los demonios.

Desde el tiempo de los dragones, ninguna otra fuerza tan terrible había cruzado Albion. A Merlín no le quedó más remedio que hacer un ritual que acabó con los demonios, aniquiló a los caballeros de ambas facciones y cubrió las zonas de batalla más funestas con una niebla profunda.

Los Guardianes, con miradas de desaprobación, volvieron a su hogar para curarse las heridas. Un milenio pasó bajo la atenta mirada de los Guardianes, aún con la niebla presente y, por tanto, con áreas enteras de Albion a las que era imposible acceder, incluido el océano.

Cuando la niebla empezó a desparecer, se reveló una terrible cicatriz en la tierra y, a su alrededor, se arremolinaban espíritus inquietos. Los Guardianes interpretaron esto como un presagio de lo que estaba por llegar. Y razón no les faltaba.

Poco después, llegaron extraños humanos: pérfidos y egoístas, como el Merlín del que hablan las historias. Y más allá, antiguos enemigos salieron de sus madrigueras. Madrigueras que compartían con demonios que todavía luchaban en nombre de Morgana.

Los Guardianes vieron la amenaza de una nueva guerra, pero están preparados.

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Los habitantes de las tribus

Los humanos de Albion tienden a ser más grandes que aquellos del viejo mundo. Tienen una cultura de recolección y caza. A lo largo del año, se mueven entre sus territorios de caza preferidos. Se organizan en tribus, cada una con sus propios líderes. Hay normas un poco laxas comunes a todos, pero cada tribu tiene sus propias rarezas distintivas.

Sin embargo, todas las tribus dejan sus diferencias a un lado si surge una amenaza común contra Albion. Las estrategias de la tribu son simples y directas. Se pueden coordinar como una manada de lobos para cazar, pero normalmente prefieren pelear individualmente. Los guerreros son despiadados, incluso son capaces de abandonar su consciencia para entrar en un estado de salvajismo primitivo. La posición social va determinada por un conjunto de hazañas que se han llevado a cabo y de la edad: cuantos más años tengas, más respeto se te concederá.
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La Madre Tierra

A veces se elige a una gigante que se someta los rituales y se convierta en la Madre Tierra. El título y las reliquias confieren tanto poder como estatus social. Tras esto, ya no se ve como una gigante sino más bien como la manifestación de la propia Tierra y es tanto venerada por gigantes como por druidas. Su presencia siempre es un buen presagio pues proclama la llegada de niños saludables, el final de una enfermedad y una gran aparición de vida salvaje. En el pasado, Madre Tierra ha ayudado a los grandes héroes de los Guardianes y ella misma hará acto de presencia en el campo de batalla si es necesario, sobre todo si se trata de demonios.

Hay muy pocas Madres Tierra en el mundo, pero cuando una es asesinada o perece debido a la vejez, se escoge una nueva de entre las filas de las gigantes.
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Los Druidas

Aunque la mayoría de las tribus tienen a su propio druida, no es raro que los druidas mantengan el contacto entre sí: se encuentran en lugares sagrados durante en el zénit del verano e invierno para practicar sus rituales y cotillear un poco.

Se espera que los druidas no participen en asuntos políticos, aunque es normal que ofrezcan consejos en los conflictos.
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Los gigantes

Los gigantes nunca paran de crecer. A medida que envejecen, se parecen más a la propia tierra, hasta que el musgo echa raíces en la espalda y la piel se les empieza a endurecer, como la propia piedra. Un gigante joven solamente duerme una o dos veces al año, pero a medida que se hacen mayores, sus reposos crecen tanto en duración como en frecuencia. Los gigantes más ancianos son tan grandes como una montaña, y pueden dormir durante cientos de años si no se les molesta.

Los gigantes solo comen carne, preferiblemente carne con vida. La carne de humano les parece exquisita, pero debido a los pactos con las tribus, ahora es más un lujo que otra cosa.